¡CONFIGURAOS
CON CRISTO! ¡DESPOJAOS DEL HOMBRE VIEJO! ¡REVESTÍOS DEL NUEVO!
Iluminación. “Por
lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que
le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues Dios
predestinó a reproducir la imagen de su Hijo a los que conoció de antemano,
para que así fuera su Hijo el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que
predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los hizo justos; y a
los que hizo justos, también los glorificó (Rom 8, 29- 30).
El Proyecto de Dios,

Los gritos de guerra.
La vida
cristiana es un don inmerecido y es a la vez una lucha sin tregua entre el Bien
y el Mal, entre Cristo y el Diablo, entre el ego y el amor espiritual. Los
gritos de guerra que el Diablo había dicho: “No serviré” “No obedeceré” y “No
amaré”. Jesús al final de su desierto se confirma como el Hijo de su Padre gritando
con la fuerza del Espíritu; “Si te amaré” “Si te obedeceré” y “Si te serviré”.
En fidelidad a su Padre vence al Diablo y lo ata, para irse a invadir los
dominios del Príncipe de las tinieblas, y liberar a los oprimidos por el
Maligno (cfr Hech 10, 38). Fue en Cafarnaúm donde se escucharon por primera
vez, tal vez en la sinagoga, donde Jesús con la fuerza del Espíritu Santo
rompió el silencia diciendo a sus oyentes y a todos nosotros: “Convertíos” para entrar en el reino de Dios. Así lo
explica Marcos: “Después que Juan fuese entregado, marchó Jesús a Galilea; y
proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; convertíos y creed en la
Buena Nueva” (Mc 1, 14- 15). Convertirse es la invitación a pasar del Judaísmo a
Jesucristo. Después de Pentecostés será el grito de los Apóstoles: “Pedro y a
los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno
de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de
vuestros pecados y para que recibáis el don del Espíritu Santo” (Hech 2, 37-
38).
Convertirse es
la invitación de los paganos a convertirse a Jesucristo: “Ellos mismos comentan
cómo llegamos donde vosotros y cómo os convertisteis a Dios, tras haber
abandonado los ídolos, para servir a Dios vivo y verdadero (1 Ts 1, 9) “Convertíos”
aquí es sinónimo de otro grito de guerra: “Arrepentíos” que significa una vida
orientada hacia la “Casa del Padre, rompiendo el pecado, guardando los
Mandamientos y siguiendo las huellas del Señor Jesucristo, tal como lo dice san
Juan a los creyentes en su primera carta: Si decimos: «No tenemos pecado», nos
engañamos y no hay verdad en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y
justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos: «No hemos pecado», hacemos de él
un mentiroso y su palabra no está en nosotros (1 Jn 1, 8- 10) El verdadero arrepentimiento nos lleva a la fidelidad de la Ley Nueva: “Guardaos”
los Mandamientos de Dios (cfr 1 Jn 2, 3).
Escuchemos los gritos de guerra del Apóstol san
Pablo. San Pablo fue un guerrero de Cristo, hizo de su vida un arma poderosa para
amar y servir a Cristo y al Pueblo de Dios. El Apóstol desea y por esto entrega
su vida para que cada creyente sea un guerrero en la obra del Señor. Por eso nos invita a vivir nuestro Bautismo.
¿Qué diremos, pues? ¿Que
debemos permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique? ¡De ningún
modo! Nosotros ya hemos muerto al pecado; ¿cómo vamos a seguir entonces
viviendo en él? ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo
Jesús fuimos incorporados a su muerte? Por medio del bautismo fuimos, pues,
sepultados con él en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de
entre los muertos mediante la portentosa actuación del Padre, así también nosotros
vivamos una vida nueva (Rom 6, 1- 4) Morir con Cristo, ser sepultados con él y
resucitar con él, a una nueva vida en el que su grito de guerra fue: “Levantaos” “Despierta tú que duermes,
y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5, 14)
“Renovaos, Despojaos y Revestíos”.
Por tanto, os
digo y os repito en nombre del Señor que no viváis ya como los gentiles, que se
dejan llevar por su mente vacía, obcecados en las tinieblas y excluidos de la
vida de Dios por su ignorancia y por la dureza de su corazón. Habiendo perdido
el sentido moral, se entregaron al libertinaje, hasta practicar con desenfreno
toda suerte de impurezas. Pero esto no tiene nada que ver con lo que habéis
aprendido de Cristo, si es que habéis oído hablar de él y en él habéis sido
enseñados conforme a la verdad de Jesús: en cuanto a vuestra vida anterior,
despojaos del hombre viejo, que se corrompe dejándose seducir por deseos
rastreros, renovad vuestra mente espiritual, y revestíos del Hombre Nuevo,
creado según Dios, que se manifiesta en una vida justa y en la verdad santa.
(Ef 4, 17- 24) Despojarse para Pablo es desechar, es dar muerte, es huir de las
pasiones de la juventud (Col 3, 5ss; 2 Tim 2, 22; Rom 13, 11ss) Para el Apóstol
Pedro es “Huir de la corrupción (2 Pe 1, 4b)
“Ofreceos”
“transformaos” “Negaos”
“Os exhorto,
pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros
mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Tal debería ser
vuestro culto espiritual” (Rom 12, 1).
“Y no os
acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; antes bien, transformaos
mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es
la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Rom 12, 2)
Estos dos gritos
de guerra son la invitación a decidirse por seguir a Cristo y a dejar la vida
mundana y pagana, vida de pecado a la que el Apóstol le dice “Vivir según la carne”;
una vida que no es conducida por el Espíritu Santo, sino por cualquier otro
espíritu. (cfr Gál 5, 19, 21) Vida que lleva al libertinaje que nos agradable a
Dios: “Efectivamente, los que viven según la carne desean lo que es propio de
la carne; mas los que viven según el espíritu buscan lo espiritual. Ahora bien,
las tendencias de la carne desembocan en la muerte, mas las del espíritu
conducen a la vida y la paz, ya que las
tendencias de la carne llevan al odio de Dios: no se someten a la ley de Dios,
ni siquiera pueden. Así que los que viven
según la carne no pueden agradar a Dios” (Rom 8, 5- 8).
“Fortaleceos” “Revestíos” “alegraos”
Revestíos más
bien del Señor Jesucristo, y no andéis tratando de satisfacer las malas inclinaciones
de la naturaleza humana (Rom 13, 14) “Por lo demás, fortaleceos por medio del Señor,
de su fuerza poderosa. Revestíos de las
armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del diablo” (Ef 6, 10)
“Por eso, tampoco nosotros hemos dejado de
rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno
conocimiento de su voluntad, con total sabiduría y comprensión espiritual, para
que procedáis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando
en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios. Le pedimos también
que os fortalezca plenamente con su glorioso poder, para que seais constantes y
pacientes en todo y deis con alegría gracias al Padre, que os hizo capaces de
participar en la luminosa herencia de los santos (Col 1, 9- 12)
“Así que, como elegidos de Dios, santos y amados,
revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre y
paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene
queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por
encima de todo esto, revestíos del amor, que es el broche de la perfección. Que
la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados
formando un solo cuerpo. Y sed agradecidos” (Col 3, 12- 14). Para el Apóstol de
los gentiles el “Agradecimiento” al Señor” es un arma poderosa contra las
fuerzas del mal.
“Reconciliaos” “Orad” “Luchad”
En efecto, Dios estaba reconciliando al mundo
consigo por medio de Cristo, no tomando en cuenta las transgresiones de los
hombres, al tiempo que nos confiaba la palabra de la reconciliación. Somos,
pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En
nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! (2 Cor 5, 18.
“Estad siempre
alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Y que todos conozcan vuestra
clemencia. El Señor está cerca. No os
inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios
vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción
de gracias. Y la paz de Dios, que supera
toda inteligencia, custodiará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo
Jesús” (Flp 4, 4- 7)
“Manteneos siempre en la oración y la súplica, orando
en toda ocasión por medio del Espíritu, velando juntos con perseverancia e
intercediendo por todos los santos. Y orad también por mí, para que Dios me
conceda la palabra adecuada cuando abra mi boca para dar a conocer con valentía
el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar
de él valientemente, como conviene” (Ef 6, 18- 20).
“Revestíos de
las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del diablo. Porque
nuestra lucha no va dirigida contra simples seres humanos, sino contra los
principados, las potestades, los dominadores de este mundo tenebroso y los
espíritus del mal que están en el aire. Por eso, tomad las armas de Dios, para
que podáis resistir en el día funesto; y manteneros firmes después de haber
vencido todo” (Ef 6, 11- 13).
Oremos con la
súplica de san Pablo.
Así que
doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo
y en la tierra, para que, en virtud de su gloriosa riqueza, os conceda
fortaleza interior mediante la acción de su Espíritu, y haga que Cristo habite
por la fe en vuestros corazones. Y que de este modo, arraigados y cimentados en
el amor, podáis comprender con todos los
santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conozcáis el
amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Y que así os llenéis de toda la
plenitud de Dios (Ef 3, 14ss).
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